El guardián entre el centeno

Era aún muy pronto cuando llegué, así que decidí sentarme debajo del reloj en uno de aquellos sillones de cuero que había en el vestíbulo. En muchos colegios estaban ya de vacaciones y había como un millón de chicas esperando a su pareja: chicas con las piernas cruzadas, chicas con las piernas sin cruzar, chicas con piernas preciosas, chicas con piernas horrorosas, chicas que parecían estupendas, y chicas que debían ser brujas si de verdad se las llegaba a conocer bien. 

El guardián entre el centeno (J.D. Salinger)

Seis, seis, seis


Hoy cumplo la entrada 666 del blog. Espero que no sirva para invocar a ningún demonio ni para que aparezcan males. Menos mal que mañana o pasado o el lunes ya habré creado la 667… Espero

Se lo aseguro, señora Corey, que anda suelto algo que no debería estar suelto y estoy segura de que el negro Wilbur Whateley, que tuvo el mal fin que se merecía, está detrás de todo esto. Él mismo no era del todo humano, como le he dicho a todos, y creo que entre él y el viejo Whateley criaron algo en esa extraña casa cubierta de tablas, que incluso es menos humano que él. Siempre han existido cosas invisibles alrededor de Dunwich, seres vivos, que no tienen nada de humano ni de bueno para la gente.

El horror de Dunwich (H.P. Lovecraft)

La noche del oráculo


Ed responde con un gruñido, luego invita a Bowen a tomar asiento, refiriéndose inesperadamente a un pasaje de Walden mientras hace un gesto hacia la única silla de la habitación. Thoreau decía que en su casa había tres sillas, explica Ed. Una para la soledad, dos para la amistad y tres para la sociedad. Yo sólo tengo una para la soledad. Si añadimos la cama, quizá tengamos dos para la amistad. Pero aquí no hay sociedad. He tenido tiempo de hartarme de eso en el taxi.

La noche del oráculo. Paul Auster