Sonrisas que matan

Imagen de Europa Press

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Siempre te dicen que una sonrisa es lo más bello de una persona. Que es una línea curva capaz de enderezar el momento más complicado. Que más vale sonreír de manera triste que tener la tristeza de no poder sonreír… Y, sin embargo, la sonrisa que está sobre estas líneas es la más desgarradora y la más horrenda de cuantas he visto.

Es la sonrisa de una asesina sanguinaria, de una persona que no se arrepiente de nada. Su sonrisa únicamente alienta el dolor de quienes han tenido que padecer su demencia terrorista.

Sí. Es legal. Está en la calle porque es lo que ha marcado la Justicia y el Derecho. Pero qué mierda que esa sonrisa esté en la calle. Su sonrisa me duele y me mata. Y a sus víctimas las vuelve a matar de nuevo.

Mejor no sigo escribiendo.

El regalo es el camino

EL CAMINO1

Nos pasamos el día quejándonos. Por no tener trabajo, por no tener dinero, por no tener tiempo, por no tener un mejor coche, por no tener unas vacaciones más largas, por no tener una casa más grande… Y mientras pensamos en todo eso se nos olvida que tenemos lo más importante: la salud.

La tenemos y pensamos que la tendremos eternamente, que nada hará que eso cambie, que siempre que la necesitemos estará ahí a nuestro servicio. Y no es así.

Viene todo esto a cuento del fallecimiento el pasado viernes de la piloto María de Villota. No hace falta que añada mucho más. La vida se le escapó cuando parecía que había conseguido esquivar a la muerte cuando ésta vino a visitarla en un circuito en Inglaterra.

Parecía recuperada, entregada a vivir la vida el tiempo que fuera preciso. Y, sin embargo, el viernes no despertó. Y ante eso… ninguno de nosotros está libre de que nos pase algo similar. Tenemos problemas, mil, pero nos olvidamos de que podemos cambiarlos. Que seguimos teniendo la salud suficiente para conseguir que nuestra vida varíe. Sin ella… podremos tener el mejor coche, la mejor casa o la mejor de las cuentas bancarias, pero si estamos enfermos… la vida se escapa y la muerta nos acecha en cada rincón.

Disfrutad de cada día, porque, a fin de cuentas, cada día es el regalo, un camino por el que transitamos sin enterarnos de qué es lo realmente importante.

Recuperar

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Acabo de colgar el teléfono. Acabo de hablar con un amigo del colegio y del instituto que se casó ayer. Hace ocho años que no lo veo, tanto a él como a todo el grupo de amigos de aquella época en la que vivía en Oviedo. Y no sé si tantos, pero han pasado muchos años desde la última vez que hablé con alguien de ese grupo. Es fácil que sean más de seis o siete.

Y me ha dado por pensar que es bonito haber vivido en muchos lugares pero, por otro lado, he ido perdiendo muchas experiencias que hubiera gustado vivir. Sé que ahora estoy en caliente y he decidido tratar de retomar el contacto con parte de aquella gente. Será difícil. Vivimos en ciudades diferentes y las llamadas de teléfono no son lo mismo que la presencia cara a cara. Pero aquellos años que compartí con ellos fueron tan especiales que me fastidia que por la desidia de ambas partes hayamos puesto tierra de por medio en nuestras relaciones.

Quizá sea únicamente un propósito de septiembre y cuando llegue octubre perderé la intensidad. Pero al menos lo intentaré. Que por mí no quede.

He colgado y he tenido ganas de llorar. Me ha emocionado saber que las cosas le van razonablemente bien. Se lo merece. Es un buen tío. Y también me ha dado pena no poder compartir todos esos momentos que ellos siguen viviendo como cuando éramos críos. Recuperarlos será difícil pero…

Seis, seis, seis


Hoy cumplo la entrada 666 del blog. Espero que no sirva para invocar a ningún demonio ni para que aparezcan males. Menos mal que mañana o pasado o el lunes ya habré creado la 667… Espero

Se lo aseguro, señora Corey, que anda suelto algo que no debería estar suelto y estoy segura de que el negro Wilbur Whateley, que tuvo el mal fin que se merecía, está detrás de todo esto. Él mismo no era del todo humano, como le he dicho a todos, y creo que entre él y el viejo Whateley criaron algo en esa extraña casa cubierta de tablas, que incluso es menos humano que él. Siempre han existido cosas invisibles alrededor de Dunwich, seres vivos, que no tienen nada de humano ni de bueno para la gente.

El horror de Dunwich (H.P. Lovecraft)