Así me pasa



Como todos los soñadores confundí el desencanto con la realidad (Jean Paul Sartre)
Anuncios

Seis, seis, seis


Hoy cumplo la entrada 666 del blog. Espero que no sirva para invocar a ningún demonio ni para que aparezcan males. Menos mal que mañana o pasado o el lunes ya habré creado la 667… Espero

Se lo aseguro, señora Corey, que anda suelto algo que no debería estar suelto y estoy segura de que el negro Wilbur Whateley, que tuvo el mal fin que se merecía, está detrás de todo esto. Él mismo no era del todo humano, como le he dicho a todos, y creo que entre él y el viejo Whateley criaron algo en esa extraña casa cubierta de tablas, que incluso es menos humano que él. Siempre han existido cosas invisibles alrededor de Dunwich, seres vivos, que no tienen nada de humano ni de bueno para la gente.

El horror de Dunwich (H.P. Lovecraft)

La noche del oráculo


Ed responde con un gruñido, luego invita a Bowen a tomar asiento, refiriéndose inesperadamente a un pasaje de Walden mientras hace un gesto hacia la única silla de la habitación. Thoreau decía que en su casa había tres sillas, explica Ed. Una para la soledad, dos para la amistad y tres para la sociedad. Yo sólo tengo una para la soledad. Si añadimos la cama, quizá tengamos dos para la amistad. Pero aquí no hay sociedad. He tenido tiempo de hartarme de eso en el taxi.

La noche del oráculo. Paul Auster

Bye, bye Pucela

 
Hace poco más de un año llegué a Valladolid. He de reconocer que siempre me había dado un poco de miedo esta ciudad. Pero era uno de esos miedos irracionales, de los que no tienen sentido porque, evidentemente, las ciudades no se comen a nadie. Laten, respiran, viven y sienten, pero no se comen a nadie.
 
Han pasado muchos días desde aquel momento en que dije que sí, que tocaba nueva aventura. En este tiempo sólo ha habido cosas buenas. Cierto que alguna mala también ha tocado, especialmente la que me obliga a abandonar esta ciudad, pero he aprendido a convivir con los malos hados.
 
Al poco de llegar, paseando junto a la inacabada Catedral de esta ciudad sentí que la tierra me decía que éste era mi sitio, mi lugar. Me he equivocado. O quizá no tanto. Esta ciudad me ha brindado la oportunidad de recuperar una parte esencial de mí mismo.
 
He vivido momentos inolvidables que, desde luego, no se borrarán jamás. Llevaré para siempre el latido pucelano en mi corazón. No he aprendido a ser leísta, ni tampoco he sabido cogerle el truco a una parte del carácter vallisoletano, tampoco sé aún exactamente qué es una barra de Riche, pero… He aprendido a recuperar a los antiguos amigos, a conocer a otros que no se irán jamás, a compartir la esencia castellana con quien la desconocía, a acudir al cine a ver una película sueca subtitulada a las 9 de la mañana después de haber dormido dos horas, a sufrir semanas completas de niebla, a nieves en abril, a extasiarme contemplando su Semana Santa, a degustar los mejores mojitos en el Herminio´s, a comer las mejores croquetas en El Corcho, a pensar que esta ciudad se queda con uno de mis años inolvidables.
 
En parte lo habéis podido ir viendo durante las entradas que en este tiempo he ido subiendo al blog. Valladolid ya forma parte de mí y la mejor enseñanza que me deja es que los prejuicios no sirven para nada sino para realizar planteamientos simplistas de la realidad.
 
Por todo, muchas gracias a esta ciudad. Seguro que volveré, no sé en qué modo. Te lo susurraré mientras me esté marchando. Queda tranquila Pucela, no te librarás de mí.
 
 
P.D.: Las dos fotos que acompañan a esta entrada son de dos de los rincones en que siempre podréis encontrarme si alguna vez os dicen que estoy en Valladolid. La primera es del Pasaje Gutiérrez, la segunda de la Iglesia de La Antigua.

World Press Photo


Hoy toca recomendación. Vale, no son muchas las ciudades en todo el mundo en las que se pueda disfrutar de esta exposición de World Press Photo. Creo que unas cien. Por suerte, Valladolid ha vuelto a ser una de las elegidas y el domingo por la mañana me acerqué a verla.

¿Qué decir? Que impresiona. No tanto como la del año pasado en la que las imágenes del terremoto de Haití predominaban con toda su crudeza. Pero este año hay trabajos muy buenos.

Sin ir más lejos, la que tenéis sobre estas líneas y que es la ganadora del certamen de 2012. Realizada por un fotoperiodista español para The New York Times. Es una imagen de Samuel Aranda y la captó el pasado mes de octubre en Yemen, en el interior de una mezquita que se había convertido en refugio para quienes huían de la represión. Como una Piedad de Miguel Ángel, la imagen es, sin duda, una maravilla.

Pero hay más, muchas más imágenes que te dejan sin habla. Si tenéis la posibilidad de acercaros a verla cerca de vuestra ciudad, ni lo dudéis. En Valladolid estará hasta el 13 de junio.