El guardián entre el centeno

Era aún muy pronto cuando llegué, así que decidí sentarme debajo del reloj en uno de aquellos sillones de cuero que había en el vestíbulo. En muchos colegios estaban ya de vacaciones y había como un millón de chicas esperando a su pareja: chicas con las piernas cruzadas, chicas con las piernas sin cruzar, chicas con piernas preciosas, chicas con piernas horrorosas, chicas que parecían estupendas, y chicas que debían ser brujas si de verdad se las llegaba a conocer bien. 

El guardián entre el centeno (J.D. Salinger)

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Un hombre en la oscuridad

De ese modo prosiguen Brick y Flora el ritmo de su insignificante vida conyugal, esa vida insignificante a la que ella lo ha atraído de nuevo con el sentido común de una mujer que no cree en otros mundos, que sabe que sólo existe la realidad presente de la que forman parte esencial la anestesiante rutina, las breves trifulcas y las preocupaciones económicas, que intuye que a pesar de los dolores, el tedio y las decepciones, nunca estaremos más cerca del paraíso de lo que estamos en este mundo.
Un hombre en la oscuridad, Paul Auster

La jungla polaca

 
Los otros están encantados: ¿Ves? ¡No se ha dejado arrastrar! Para Jagielski, nuestro mundo es un vado que él evita. Lo evita inconsciente pero eficazmente. Quizá el instinto le susurre al oído que una vez encallado en semejante arenal, ya no habrá manera de salir de él. Lo malo es que el ser humano encalla a cada momento. En el vado de su casa, del trabajo, de la rutina. En un punto inerte, estéril y sin vientos que lo impulsen hacia la impetuosa corriente. O empieza a soplar un viento así, y él, temeroso, se tumba boca abajo: no vaya a ser que lo empuje. Todo lo contrario de Jagielski, quien espera a los vientos y las corrientes. Vive con ellos y de ellos.
 
La jungla polaca, Ryszard Kapuscinski