La tonadillera y yo


Hoy toca otro momento de esos que se pueden calificar de abuelo Cebolleta… Recordáis que hace unos días os contaba que, de vez en cuando, escribiría una entrada en la que rememoraría momentos relacionados con mis momentos de kurro periodístico. Como a partir del lunes voy a volver a sentir esa sensación, sí, vuelvo a la prensa… Yupi, yupi, pues voy a compartir con vosotros algo que me pasó con una famosa tonadillera.

Creo que fue en el año 2002. Lo que sí recuerdo es que fue en FITUR, en Madrid. Uno de los comerciales de la tele había pactado una entrevista con la susodicha porque estaba a punto de inaugurar un restaurante en una localidad del sur de la Península. Era un modo de promocionar el restaurante en Castilla y León y sacar unos ¿euros?, sí, creo que ya había euros por aquel entonces para la tele. (No voy a decir el nombre de la tonadillera, por si acaso me mete un puro, no creo, pero bueno, peores cosas se han visto). El caso es que para allá que nos fuimos mi compi y yo con el comercial.

Nos presentamos y la tonadillera nos recibe de manera cordial, con dos besos y todo. Le hago un par de preguntas previas para tratar de contextualizar un poco la entrevista (el famoseo no es lo mío y ando un poco despistado) y le digo, ‘Venga, empezamos’.

– ¿Tienes todo listo S.? (por esta letra empezaba, bueno, sigue empezando, el nombre de mi compañera)-.
          – Sí, cuando quieras Goyo-.

A lo que en ese momento, la famosa tonadillera me dice:

        – ¿Cómo que todo listo. ¿Tú eres nuevo en esto no?-.
          – ¿Cómo?- inquiero ‘tó flipao’-.
          –  Sí, que tú eres nuevo en esto. Yo con esta luz no trabajo-.
          – Bien, pero es que es la que hay. Yo no puedo hacer nada-.
          – Lo que yo te digo, que tú eres nuevo en esto-.
          – Sí, es verdad. Soy joven (de aquella llevaba año y medio kurrando en medios)-.

Bueno, pues eso que le dije en ese momento fue la mayor afrenta que le pudieron decir a la señora en cuestión. Su ¿ama de llaves? ¿secretaria? ¿mujer para todo? me miró como si hubiera apuñalado a la tonadillera. El comercial me miró como diciendo, ‘la madre que te parió’. Pero yo no entendía el motivo por el que la cantante se quería pirar sin hacer la entrevista que habían pactado. Así que se pasó como cinco minutos despotricando sobre mí y mi compi, con el apoyo de su grupo de fans, tratándonos como ceporros que no sabíamos kurrar. 

Yo le dije al comercial que venía conmigo que nos íbamos, que tampoco era plan de tener que aguantar esa salida de tono. Pero claro, donde manda la pasta no manda el orgullo y te lo tienes que tragar. Eso fue lo que me pasó. Que le tuve que encontrar un sitio donde la señora estuviera a gusto, que le tuve que hacer una entrevista donde tuve que hacerle la pelota hasta límites insospechados y que tuve que tragarme uno de los sapos más grandes me he tenido que tragar jamás. Bueno, yo y mi compi, que ella también se llevaba un mosqueo de tres pares de…

Al final, se despidió de nosotros toda falsa, vaya, como nosotros; pero la alcaldesa del lugar en el que montó su restaurante me pidió disculpas por el trato de la tonadillera y, al menos, me reconoció que yo tampoco le había dicho nada para que ella se pusiera así.

¡Parad las máquinas!

Estos días en los que he vuelto a compartir muchos momentos con mis compis ‘tribuneros’ me/nos ha dado tiempo a rememorar una buena parte de nuestro pasado en común. Hemos recordado todas esas cosas buenas que me/nos pasaron estando en el periódico y hoy he decidido que quizá algunas de ellas merezcan la pena que alguien más las conozca. Por eso, he pensado que voy a escribir, de vez en cuando, una entrada que clasificaré como ‘Cosas que me pasaron siendo periodista’.

Comenzaré con una de las más curiosas, al menos para mí. Era el mes de febrero de 2005. Un sábado. Ese día yo me lo pasé entero en Astorga (León) en un ‘sarao’ organizado por la Diputación de Salamanca y la Junta de Castilla y León (con cocido maragato incluido, por supuesto). Llegué al periódico sobre las 7 de la tarde para teclear todo lo del día y cuando llegó la hora de echar el cierre, y dado que yo me iba de vacaciones unos días a Bruselas con un amiguete, decidimos ir a tomarnos unas cervezas. En esas andábamos el jefe de local, el coordinador de cultura y dos redactores de local cuando, de súbito, el ‘dire’ nos llama y nos dice:

– ¿Estáis en los bares?

– Sí, estamos tomando algo.

– Se está quemando el Windsor.
– ¿Y? Esta noche se quemarán otras cosas, jejejejeje.
– Que os pongan la tele.
– Pero cómo nos van a poner la tele.
– ¡Que os la pongan coño!
– Vale, vale.

Total, que convencemos al tío del bar para que nos ponga La1 y nos enseñe la imagen que el ‘dire’ quería que viéramos. Cuando lo vemos nos quedamos flipados. A lo que el ‘dire’ nos espeta:

– Os recojo en la Gran Vía y subimos para el periódico a cambiarlo. Ya he mandado parar las máquinas.

¡¡¡¡¡Parar las máquinas!!!! Una frase que siempre he escuchado en las pelis cuando salta un tema de la leche y que, por una vez, vivo en mis propias carnes. Pues nada, para allá que nos vamos. Era cerca de la 1.30 de la madrugada. Pasamos por el 24 horas, compramos varias litronas y algunas provisiones y el ‘dire’ nos recoge con su coche. Vamos escuchando la radio y aquello cada vez se ponía más feo. Llegamos al diario y nos repartimos la faena. Allí en el periódico ya estaba el jefe de producción quien se pone con el ‘dire’ y con el jefe de local para cambiar la primera. Los dos de local y el de cultura nos dedicamos a sacar toda la información posible de los teletipos que van llegando así como seleccionando y guardando las fotos que llegan de Madrid.

El jefe de producción enseguida tiene preparadas varias maquetas para que las rellenemos lo más pronto posible con textos y con fotos. En éstas, se nos cae el programa al que nos llegan los teletipos. Nos quedamos sin información y sin posibilidad para más fotos. El programa no vuelve a la vida hasta casi 1 hora después, justo cuando ya no lo necesitamos. Tiramos de radio y de tele por si hay alguna novedad relevante y tecleamos y cortamos y pegamos texto lo más rápido que podemos.

Sobre las 2.15 de la madrugada llega la gerente que es la que ha aprobado la decisión final adoptada por el ‘dire’. Entra a la redacción y nos mira, ve las litronas abiertas encima de las mesas de los ordenadores y nos mira como diciendo: ‘Ya os vale’, pero no dice nada. En el fondo está satisfecha con ese grupo de locos que está tecleando sin parar.

El periódico cambia en 1 hora de arriba a abajo respecto al que habíamos dejado hecho a las 11 de la noche. Al día siguiente, nadie lo reconocería. Pasan varios minutos de las 3.30 de la madrugada y nos quedamos sin tiempo. El diario debe ser enviado cuanto antes a la rotativa para poder ser distribuido por toda la provincia. Y es allí donde nos dirigimos después de tomar un copazo en un hotel al lado del periódico. Llegamos a la rotativa y los primeros ejemplares empiezan a salir. Están calentitos y son cerca de las 5.30 de la mañana. Era un frío día de invierno mesetario pero ni eso ni el cansancio pudo con nosotros.

¿El resultado? Fuimos el único diario en toda España que sacó la información del incendio del Windsor con todo lujo de detalles en su primera edición. Los grandes tiburones nacionales lo hicieron en su segunda edición y llegaron a los kioscos a mediodía. Nosotros ese día llegamos a nuestra cita dominical con los lectores un poco más tarde de lo habitual, sobre las 9, pero llevábamos toda la información y, por supuesto, la más completa respecto al resto de nuestra competencia local.

Al día siguiente, nuestros compis de redacción se quedaron flipando al ver cómo habíamos dejado el periódico. Nos felicitaron y lo siguiente que nos dijeron fue… ‘joder, nos podíais haber avisado’. Fue una noche muy especial, de ésas que nunca olvidas aunque pasen cien años.