Peligros y amenazas


Cuando entras en una red social como Twitter, tienes dos opciones. O ser un espectador de lo que la gente va diciendo o tratar de ser partícipe en la misma y dar tu opinión sobre los temas más variopintos. 

Y parece ser que, últimamente, la gente (entre los cuales me incluyo) tiene ganas de quejarse. En parte es normal visto el nivel de cabreo y de desesperanza que nos devora. Pero, dicho lo cual, tampoco es necesario caer en el absurdo de que si alguien tiene una opinión contraria a la tuya ya debas insultarle o, lo que es peor, amenazar de muerte a la persona a la que le dedicas 140 caracteres.

Viene esto a colación de algo que me sucedió a mí y a un amigo hace unos cuantos días, un par de semanas más o menos. Este chico escribió coincidiendo con el partido de vuelta de la Supercopa de España entre el Real Madrid y el F.C.Barcelona un ‘tuit’ etiquetado en #porunMadridsinMourinho, harto de alguna de las decisiones deportivas y extradeportivas tomadas por el entrenador. Venía a decir que se borraba del equipo blanco hasta que el portugués se fuera del Madrid, algo que, por supuesto, ni ha hecho ni hará. 

Pues bien, a los pocos días, recibió un ‘premio’ al ‘pipero mayor’ o algo así por parte de un grupo de aficionados del Real Madrid que se dedicó a buscar en twitter todo lo que se agrupaba en el hashtag anteriormente referido. Lo que en principio no pasaba de algo gracioso o anecdótico, derivó en que a este chico le comenzaron a llegar insultos por doquier. Yo, que debo de tener un algo de Robin Hood y un mucho de gilipollas, decidí meterme para apoyarle simplemente aludiendo a que la gente podía pensar del modo en que más a gusto se sintiera siempre y cuando no faltara el respeto a nadie.

Gran error el mío, puesto que en menos de un minuto comenzaron a llegarnos menciones de gente cuyo objetivo era decir que, dado que éramos periodistas, lo único que queríamos era el mal del Real Madrid, que atacábamos a Mourinho porque sí, que merecíamos morir, que iban a localizarnos… En fin, patochadas varias que él se llevó en mayor medida que yo pero que, en parte, asusta que cualquiera, sin conocerte, sin saber quién eres y, sobre todo, amparados muchos de ellos en el anonimato de perfiles bajo seudónimo, recurran a insultarte o amenazarte de una manera tan gratuita como irracional.
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Otra vez

¿Otra vez qué? Os preguntaréis. Pues otra vez… una peluquera se ha cruzado en mi camino para inspirarme en el blog. La verdad es que son un auténtico filón. Entre la que me utiliza de psicólogo, la que me dice que me tiña las canas (cansina, por cierto no tengo tantas), la que se caga en Sergio Ramos por lanzar un penalti a la estratosfera y la que me masajea la cabeza con no sé qué extrañas intenciones… lo cierto es que gracias a ellas estoy a punto de iniciar sección fija en el blog.
La última, la verdad, no es de las mejores, pero me apetecía recordarla. Ha pasado algo más de un mes y como hoy voy a ir a recortarme la peluca… pues he pensado que era lo más idóneo para el día.
Resulta que he decidido que voy a seguir probando con ellas. Quiero decir, que voy a seguir cambiando de ‘pelu’ hasta que alguna me mole lo suficiente como para repetir. Así que hace unos días entré en una de ellas. Ya de entrada que tenga a Juan Magán y su electrolatino a toda mecha… No me hacía albergar demasiadas esperanzas; pero me dije, venga Goyo, valiente. Y palante.
Por suerte, la música procedía de una emisora de radio y el tal Magán dejó paso a otras alternativas musicales más llevaderas, Adele, Fito… bueno, lo normal en estos casos. Sin embargo, la niña se cansó cuando empezó a sonar Juanes y le dijo a su compañera que pusiera el cd que estaba junto a la caja y… ¡oh sorpresa! Reggeaton (o cómo leches se escriba) a toda pastilla.
En fin, no tardaré mucho en cortarme el pelo, pensé yo erróneamente mientras me secaba la cabeza y me sentaba en el asiento que me había reservado con la mejor de sus sonrisas. Después de intercambiar el típico diálogo acerca de cómo lo quieres… La veo que no termina de decidirse a meterme mano… a la cabeza, mal pensados.
Una vuelta por aquí, otra por allá, otra por acullá… Y que no se decide. La miro a través del espejo y le pregunto:
-¿Pasa algo?
-Que no llego
-¿A dónde?
-A tu cabeza, que eres demasiado alto y no llego bien. Voy a tener que bajar el sillón.
-Vale, vale, no te preocupes. Adelante.
No te preocupes… Seré memo. Pues no me dejó durante más de veinte minutos encogido como si fuera un pelele… La madre que la trajo.
En fin, deseadme suerte, que hoy vuelvo a la peluquería. Quizá mañana os traiga otra batallita.

Se puede ser pija…


… Pero es que hay algunas que, para mi gusto, se pasan. Y os cuento lo que me pasó el otro día, si no recuerdo mal el sábado por la tarde. Estaba en casa tan tranquilo y me entró un antojo brutal de Nocilla. Tan brutal que al final compré Nutella, por aquello de que el vaso estaba decorado con Pitufos y me gustó más que el tradicional de Nocilla. Uno es así de infiel con sus antojos.

Aparte de eso compré algunas cosillas más y, como es lógico, acudí a pagar a la caja. Allí me encontré con una típica pucelana. Maquillada (no me beses que me quites el pote), bolso en la mano (no ves que así de paso hago brazo y gano musculatura) y mirada de arriba abajo (vas en chándal, ¿qué coño haces observándome?)

Como desde hace unos meses en los supermercados ya no te dan las bolsas, ella llevaba una enorme de Carolina Herrera en la que supuse llevaría su nueva adquisición para la temporada primavera verano que se nos viene encima.

Sin embargo, la niña no llevaba nada dentro de la bolsa. Estaba vacía. La llevaba simplemente para guardar su compra. Una compra compuesta por papel higiénico Carrefour Discount en proporciones industriales.

Y lo siento, no pude por menos que reírme. Bueno, sonreír. La verdad es que se me debió notar porque la cajera no hacía más que mirarme. A mí y a la de la bolsa de Carolina Herrera. Creo que hasta la cajera se dio cuenta de lo que estaba maquinando en mi cerebro porque ella debió pensar lo mismo… Señor, cuánta tontería.

Masaje


Ayer, y no para celebrar el segundo cumpleaños de este blog, fui a la peluquería. Me hacía un poco de falta, la verdad. No me gusta demasiado el pelo largo, para mí, y me di ese pequeño capricho.

Aproveché el mediodía, ya que supuse que no habría nadie y, por suerte, acerté. No sé vosotros, pero uno de los lugares donde más odio perder el tiempo es en la peluquería. Las revistas son un rollo, los catálogos de peinados no me interesan… tampoco los de champús… En fin, que no me gusta estar en una peluquería más minutos que los estrictamente necesarios.

A lo que voy. Que no había nadie y me cogieron nada más entrar. Estábamos solos la peluquera y yo. Le dije que corto pero lo suficiente para poder peinarlo… o despeinarlo, según se mire.

Me llevó al lavacabezas, supongo que se llame así, para, evidentemente, lavarme la cabeza. Y de repente, empezó a masajearme la cocorota, muy despacio, muy suave, muy…bien. Y yo pensaba… A ver si esto ahora se ha convertido en una peluquería de las de ‘final feliz’. Y ella seguía masajeándome. Entonces yo pensaba… Anda, déjate de chorradas; te hace esto porque le has gustado. Más masaje. Y yo pensaba… No seas merluzo ¿a quién vas a gustar tú?

El caso es que durante unos segundos me teletransporté a un universo sensitivo inigualable… No hay que olvidar que estaba en una peluquería y tampoco es que eso favorezca tu karma. Pero que estén ahí masajeándote la azotea… mola.

Después me cortó la cabeza… No, la cabeza no. Los pelos. Me volvió a llevar al lavacabezas y… tachán, tachán; repetimos masaje. Entonces fue cuando lo vi claro. Ésta lo que quiere es que yo le diga algo, le he molao… fijo fijo. Pero no le dije nada. Pagué y salí a la calle. En la cristalera de la peluquería leí que ‘Lavar+Cortar+Relax’ eran 10 euros. Ahí ya lo vi claro. Los masajes venían incluidos en el precio. Ni final feliz, ni una mujer rendida a mis encantos, la peluquera sólo estaba haciendo su trabajo. Eso sí, muy bien. 

Esencia de mujer

 
A pesar del título de la entrada, hoy no voy a hablar de esa maravilla de ‘peli’ interpretada por Al Pacino, pero es que no he encontrado un título mejor a lo que me sucedió el otro día nada más llegar a casa.
 
Vivo en un edificio de apartamentos que se parece a la ‘Ciudad del Soltero’ que aparece en uno de los capítulos de los Simpsons. Supongo que alguno de los vecinos tendrá novia, pareja o amante estable, pero aquí; aquí sólo viven hombres. Al menos por ahora.
 
Digo por ahora, porque al abrir el portal hace un par de tardes aspiré la fragancia de un perfume femenino, muy frutal, muy suave, sumamente… delicioso.
 
Y no es normal que yo abra la puerta de mi portal y me encuentre con semejante caricia olfativa. A ver, tampoco es que mis vecinos o yo mismo olamos mal; pero el olor que dejamos en la escalera es bastante neutro. Y ello a pesar de que yo me perfumo bastante y, por lo que me han dicho en fechas recientes, ‘huelo muy bien’.
 
A lo que vamos, que siempre me lío. Que me gustó. Que, o alguno de mis vecinos ha triunfado en el amor o, por favor, por favor, por favor, por favor,  (imaginadme implorando como un poseso) tenemos chica nueva en la escalera. Y no quiero decir con esto que mi intención sea atosigarla en plan ‘vecina nueva, ¿te ayudo con la mudanza?’ o ‘vecina nueva, si necesitas cualquier cosa, aquí estoy para ti. Y cuando digo cualquier cosa es… cualquier cosa’. No, simplemente lo digo porque  subir y bajar la escalera será más dulce, más llevadero…
 
La verdad es que desde el martes no he vuelto a oler ese perfume; al menos con la misma intensidad, pero los efluvios de su aroma siguen impregnando el portal. Sin embargo, me parece que no ha vuelto. Oh… pobre infeliz.