Ampliación del campo de batalla


En fin, yo era joven, me estaba divirtiendo. Todo esto era antes de Vèronique; eran los buenos tiempos. Recuerdo que a los diecisiete años, mientras yo expresaba opiniones contradictorias y confusas sobre el mundo, una mujer de unos cincuenta años que encontré en un bar, Corai, me dijo: “Ya verás, al envejecer las cosas se vuelven muy sencillas”. ¡Cuánta razón tenía!

¿Os ha pasado alguna vez que ha llegado un libro a vosotros justo en el momento preciso? ¿Habéis leído algo que, de una u otra manera, os estaba pasando en ese instante? ¿Habéis conocido a un autor que ha expresado por vosotros exactamente lo que estabais sintiendo? Bueno, pues a mí me acaba de pasar con ‘Ampliación del campo de batalla’ de Michel Houllebecq.
Feliz fin de semana.

Amigos


He cometido infinidad de errores a lo largo de mi vida. Y supongo que aún he de cometer alguno más. Pero tengo la sensación de que hay una parte de mi existencia en la que creo haber realizado las cosas del modo correcto.

Me refiero a la hora de elegir los amigos. Y eso a pesar de haber cambiado en reiteradas ocasiones de lugar de residencia.

Siempre que he tenido un mal momento han aparecido enseguida. Sin pedirlo, sin demandarlo, sin, a veces, esperarlo. Y reconforta mucho. Ahora uno de nosotros también anda en un trance complicado y ya hemos acudido todos a apoyarle al máximo. No se merece menos. Es mi amigo, no se puede añadir nada más. Ánimo.

Cencellada

Me quedaba pendiente de la semana pasada explicaros qué es la eso de la cencellada después de aquella entrada en la que a punto estuvieron de llevarme al cuartelillo. No lo voy a hacer yo. Más que nada por no aburriros demasiado. Si pincháis aquí, os lo cuentan mejor de lo que yo podría hacerlo.

Yo os voy a acerca un par de fotos para que veáis en qué se traducen todas esas cuestiones térmicas. La primera foto es mía, de ese día en que la cencella apareció por primera vez ante mí. Es de Valladodlid.


La segunda es de mi padre. De hace unos cuatro años en Zamora. Me gusta mucho más que la mía. Es más evocadora.



Ahora ya sabéis qué es una cencellada quienes lo desconocíais.

Bajo la cencellada


Cuando amanece con cencellada (para los que no la conozcáis el término os lo explicaré en otra entrada) el ignorante (es decir, yo) piensa que es nieve.

Sin embargo, la despistada… se desorienta. Y es que, claro. Tú te levantas por la mañana y ves todo blanco a tu alrededor. Piensas que esa noche te acostaste en Valladolid pero que por las casualidades del destino o por la fuerza de los sueños despertaste en, pongamos por caso, Rovaniemi.

Pero no. En cuanto pones los pies en la calle compruebas que aquello sigue siendo Valladolid. Apenas tardas dos minutos en cruzarte con un ‘leísta’ que te dice: ‘¿Le tienes?’ Así, como dejando caer la última e.

Al caso, que desvarío. Que iba yo para una rueda de prensa y una mujer me asaltó demandándome auxilio. No podía abrir su coche. Los más de cuatro grados bajo cero habían, según ella, congelado su cerradura y pensó, nada más verme, que mi hercúlea y atlética figura darían resultado y podría encaminarse hacia su punto de destino luego de asistir a mi magistral actuación.

Caballerosamente me acerqué y traté de abrir el coche. Pero no había manera. La cerradura había dicho que ‘nones’ y que aquello no se abría ni a la de tres. Tras varios intentos, una lucecita pareció resplandecer en el cerebro de mi doncella en apuros y dijo:

– Ostras… que no es mi coche-.
– ¿Cómo?-
– Que es aquel de allí, es que son casi iguales-.

Tan iguales como que uno era un Volkswagen y otro un Opel. Eran negros, eso sí. Pero ya se sabe que bajo la cencellada todos los gatos se vuelven pardos, también los coches.