Teatro a oscuras

A mi derecha quedaba el escenario. Estaba vacío. Únicamente crujían las tablas. Resonaba  aún el eco taciturno y solitario de los aplausos de la noche anterior. Entré por la puerta de uno de los palcos. No habían limpiado todavía los asientos. Era Nochebuena y las limpiadoras tenían el día libre. Había confeti y papeles de caramelos. Salí para volver a entrar por el patio de butacas. Enfilé el pasillo central después de aporrear un vetusto piano que se encontraba junto a una pared gris y mohosa. Conseguí sacarle unas notas decadentes que reclamaban un saxofón como compañía. Miré al fondo entre la oscuridad. Una pequeña pasarela ascendía hasta el escenario. Decidí acercarme. Lo hice sigiloso y ayudado por la minúscula luz de mi móvil. Sólo un pequeño destello procedente de la pesada y arrugada cortina de la entrada me recordaba que aún era de día. Alcancé mi objetivo de un salto. Miré alrededor y únicamente vi silencio y soledad. Me quedé parado, respetuoso, quizá responsable. Las viejas maderas gruñían con cada uno de mis pasos. Salí por la puerta de atrás dedicando una pequeña mirada a los vacíos camerinos que esperaban ansiosos el frenesí de maquillajes y vestuarios. Caminé tratando de acomodar mis ojos a la recobrada claridad y retorné al punto de origen, donde todos me esperaban preguntándose por mi ausencia.
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5 comentarios el “Teatro a oscuras

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