El tren de Amsterdam a Bruselas

A principios de julio realicé un viaje a Amsterdam y a Bruselas. Primero a la capital de Países Bajos y, posteriormente, a la de Bélgica. Otro día me dedicará a glosar y a alabar a Amsterdam (una de las ciudades más bellas del mundo) pero hoy me gustaría dejar constancia de una situación un tanto extraña.
Lo dicho. Nos situamos a principios de julio. Un caluroso viernes de ese mes incluso en aquellas latitudes acostumbradas a climas menos propicios. Nos encaminamos hacia la estación de tren de Amsterdam para comprar dos billetes para Bruselas. Para empezar, una cola tremenda en las taquillas; último recurso puesto que en las máquinas exteriores no podemos adquirirlos dado que no admiten dinero en efectivo o tarjetas que no sean de bancos holandeses (¿?, incomprensible en una ciudad con millones de turistas cada año). En la cola, sin aire acondicionado, ya comienzo a sudar como un pollo enjaulado.
Tras media hora de espera, por fin llega mi turno. Con mi ‘brillante’ inglés solicito dos billetes para Bruselas a un señor que, de verdad, era todo alegría y simpatía (y no es ninguna ironía). Nos indica el andén del que partimos y le pregunto si los asientos no están numerados visto el billete que me ha entregado. Cortésmente me señala que no, que nos sentemos donde queramos si es que hay sitio.
Ahí ya empecé a dudar de la calidad del tren que íbamos a tomar. Pese a todo, ascendimos a las vías y esperamos a que llegara el convoy. Con puntualidad se acercó a la estación y subimos. Efectivamente, nos sentamos donde pudimos y esperamos con paciencia a que el ferrocarril emprendiera su camino hacia Bruselas. Poco a poco el tren se fue llenando y, pese a las advertencias, había sitio de sobra. Al entrar, nos percatamos de que todas las ventanillas superiores del tren estaban bajadas. Supusimos que era para ahorrar el aire acondicionado antes de la partida. Craso error el nuestro. Así se iban a quedar todo el viaje y ése sería todo el aire fresco que conseguiríamos. Teniendo en cuenta la solana que caía… lo único que entraba era calor sofocante.
Resignados a nuestra suerte, emprendimos la marcha. Paradas en el aeropuerto de Amsterdam, Rotterdam, La Haya, Malinas, Amberes y alguna más que no recuerdo. Lo gracioso  es que el tren, lejos de vaciarse, cada vez se llenaba más y más con lo que el sudor y el agobio de los allí presentes se multiplicaba exponencialmente. Si en la tierra existe algo parecido a un horno, eso debe ser el tren entre Amsterdam y Bruselas. Y claro, la gente que continuaba entrando no tenía dónde sentarse por lo que buena parte del trayecto la realizaron de pie (no quiero ni pensar qué hubiera pasado en caso de frenazo brusco).
Me resultó ciertamente chocante que dos ciudades europeas estuvieran conectadas por este tipo de ferrocarril que aquí, en España, dudo mucho que quede alguno y que, en caso de que exista, sólo podría hacer rutas regionales de menos de una hora de duración de trayecto.
Luego nos enteramos que existía un servicio de tren de alta velocidad que minimiza el coste temporal y, supongo, que el de nivel de deshidratación corporal. Pero ya era demasiado tarde. El señor taquillero no nos lo había dicho y sufrimos durante tres horas en ese tren.
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5 comentarios el “El tren de Amsterdam a Bruselas

  1. A veces ocurren estas cosas, Goyo. Yo recuerdo también un calor asfixiante en el tren que iba de Moscú a San Petersburgo….el aire acondicionado justo en el vagón que nos tocaba se había estropeado…Se suponía que era un tren nuevo y un servicio de calidad y ya ves…algo que parece tan sencillo de arreglar…

  2. Cuando yo digo que estos holandeses son la hostia… yo en una taquilla de tren, me encontre el personaje más antipatico del mundo…, pero sin embargo en el interior de este, me encontre a una revisora que era todo lo contrario… y lo de las tarjetas de crédito nacionales… bufff, me deja un poco k.o.

    saludos

  3. Pues sí Paco. Lo de las tarjetas es tremendo. Pero bueno.Suelo quedarme siempre con lo bueno y Amsterdam me encantó sobremanera, una de esas visitas que repetiré porque me quedaron muchas cosas por hacer: Rijksmuseum, paseo en barca, entrar en un bar de esos que huelen a Rif… Muchas gracias por pasar.

  4. Gracias por recordarme lugares que visité y que tenía casi olvidados: Amberes, Brujas, Bruselas, y un pueblecito de pescadores (Volendam), cerca de Amsterdam, donde comí pescado crudo. Me encanta todo lo que escribes. Gracias.

  5. Muchas gracias por pasar por aquí, anónimo. Me alegro que te guste lo que pongo en mi blog. Siempre serás bienvenido o bienvenida. No sé si tendrás blog, pero si tienes, pon aquí tu enlace y también te visito.

Ahora os toca a vosotros

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