La hambruna en Sudán, Kevin Carter

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Comienzo esta entrada en el blog y no soy capaz de evitar que el vello se me ponga de punta mientras escribo. Es imposible no sentir nada ante esta imagen. Quizá una de las más crudas que se haya tomado en los últimos 20 años. Nos situamos en Sudán. Uno de los países más pobres de África. Es 1993 y las guerras tribales y el olvido internacional sumen a la nación en una hambruna eterna. Kevin Carter está en un poblado y se encuentra con una pequeña famélica, desnutrida, casi agonizante en un escorzo de entrega a la muerte. Tras ella, un buitre acecha ante la inevitabilidad del fin que correrá la niña. El fotógrafo capta la imagen que será publicada en el New York Times en marzo de 1993. Un año después, la instantánea es la ganadora del Premio Pullitzer de fotoperiodismo.
En la intrahistoria de la fotografía se dice que Carter estuvo esperando 20 minutos para conseguirla. Que quería que el buitre se fuera y extendiera sus alas. También se dice que únicamente estuvo unos segundos, que sacó unas pocas imágenes y que se fue. Lo único claro es que, pocos meses después de lograr el Pullitzer el fotoperiodista sudafricano se suicidó, abrumado por la culpa, hostigado a diario por los obsesionados recuerdos que aturdían su mente.
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2 comentarios el “La hambruna en Sudán, Kevin Carter

  1. ¿Por qué Kevin Carter no ayudó a la niña a escapar del buitre?

    No es fácil imponerse a las leyendas, y más cuando estas tienen el color negro de la muerte. El fotógrafo sudafricano Kevin Carter visitó en avioneta la aldea sudanesa de Ayod en 1993 para denunciar la hambruna y la guerra que sufría el país.

    Antes de irse, vio a un bebé desnutrido tendido en la arena justo en el mismo plano que un buitre, dos símbolos poderosos que representaban la mejor metáfora de lo que sucedía en aquel lugar en aquel instante, una de las catástrofes humanitarias más importantes del siglo XX.

    Carter dejó Ayod sabiendo que había conseguido una gran fotografía y así fue. 'The New York Times' la publicó días después con un efecto que él desconocía. La opinión pública se volvió contra él por no haber hecho nada para salvar a la criatura de las garras de ese buitre amenazante, llegando a acusarle de ser el auténtico carroñero de la foto. Un año después, en 1994, ganó el Pulitzer y se suicidó.

    Nadie vio morir a aquel bebé y es la propia imagen la que desmiente ese destino trágico, al menos en parte, ya que la criatura de la foto lleva en su mano derecha una pulsera de plástico de la estación de comida de la ONU, instalada en aquel lugar. Si se observa la foto en alta resolución, puede leerse, escrito en rotulador azul, el código “T3”.

    A Carter se le criticó por no ayudar al bebé y el mundo le dio por muerto a pesar de que el propio Carter no lo vio morir, sólo disparó la foto y se fue minutos después. La realidad es que ya estaba registrado en la central de comida, en la que atendían enfermeros franceses de la ONG Médicos del Mundo.

    Florence Mourin coordinaba los trabajos en aquel dispensario improvisado: “Se usaban dos letras: “T”, para la malnutrición severa y “S”, para los que sólo necesitaban alimentación suplementaria. El número indica el orden de llegada al feed center”. Es decir, que Kong tenía malnutrición severa, fue el tercero en llegar al centro, se recuperó, sobrevivió a la hambruna, al buitre y a los peores presagios de los lectores occidentales.

    Con esa premisa, y la posibilidad de que la criatura siguiera viva a pesar de la hambruna y la guerra, Crónica ha viajado a Ayod 18 años después para reconstruir la historia de aquella fotografía.

    Después de varias reuniones con decenas de habitantes de la aldea, una mujer que repartía comida en aquel lugar hace 18 años llamada Mary Nyaluak dio la primera pista sobre el paradero de la misteriosa criatura. “Es un niño y no una niña. Se llama Kong Nyong, y vive fuera de la aldea”.

    Dos días después, aquella pista llevaría hasta la familia del pequeño, cuyo padre identificó al pequeño y confirmó que se recuperó de aquella hambruna pero que murió hace cuatro años de “fiebres”.

Ahora os toca a vosotros

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