Indurain, Indurain, Indurain….

Ayer arrancaba una nueva edición del Tour de Francia. El tercer espectáculo deportivo más visto del mundo, únicamente superado por los Juegos Olímpicos y por la Copa del Mundo de fútbol. Quienes me conocen, saben que este deporte me fascina, me vuelve loco. Hasta mi proyecto de fin de carrera versó sobre la relación del lenguaje y el ciclismo. En fin, que cuando se inicia esta mítica carrera no pude por menos que acordarme de aquel mozalbete navarro que me reventó las siestas de los meses de julio entre 1991 y 1995.
Casi nadie apostaba por él y por una posible victoria en una gran vuelta por etapas de tres semanas. Pero llegó 1991. La etapa que salía de Jaca (Huesca) para terminar en Val Louron. Los españoles habían cometido un error de bulto la jornada anterior dejando marchar una escapada que llegaría a tierras oscenses poniendo en un brete las opciones de algún ciclista hispano de cara a la victoria final en París. En la meta de Jaca, a pesar de las críticas de la prensa, José Miguel Echávarri y Eusebio Unzue se mostraban tranquilos. ‘Queda mucho Tour’, se cansaron de repetir una y otra vez a los informadores. Pese a todo, los palos para el equipo Banesto fueron morrocotudos. La respuesta no tardó en llegar. Para llegar a Val Louron hay que pasar por el Tourmalet. Miguel iba a rueda de los grandes, sin alardes, con esa cara impenetrable que le hizo mítico. El grupo corona e Indurain se lanza en el descenso a tumba abierta, es una bala que nadie puede detener. Al llegar al llano ya lleva una ventaja suficiente con los principales favoritos salvo Claudio Chiapucci. Echávarri le pide que espere al italiano para afrontar juntos las dos últimas subidas, al Aspin y a Val Louron. Los dos realizan un trabajo de libro, de manual de ciclismo. Cuando llegan a Val Louron Claudio gana la etapa y Miguel levanta el puño en señal de victoria, se pone el amarillo de líder. Una camiseta que sería suya durante un lustro.
Extraterrestre, ‘Tirano de Bergerac’, ‘Induranaitor’, ‘Miguelón’, ‘El coloso de Villaba’.. se acabaron los apodos para esta fuerza de la naturaleza que se ganó el cariño de todos los aficionados al deporte y, lo que es más difícil, de todos sus rivales. Su caballerosidad majestuosa y su generosidad sin límite le llevó a entregar, una y otra vez, victorias de etapas a sus contrincantes. Sólo quería acumular victorias totales.
Miguel fue el más grande. Un ciclista que cambió la mentalidad de los deportistas de España y que siempre tendrá un hueco en el corazón de quienes le vimos competir. Gracias Don Miguel.
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