La belleza de la tormenta

Serán los años vividos al lado del Cantábrico o tal vez la remembranza de las tardes veraniegas asoladas por tormentas en mitad de la meseta los que me permiten disfrutar de la belleza de la lluvia. Ir observando cómo, poco a poco, el cielo se va cargando; contemplar cómo va adquiriendo tonalidades del gris rara vez habituales. Vislumbrar entre las nubes un atisbo de sol que lucha por abrirse camino entre el agua para, finalmente, desistir y sucumbir esperando una mejor ocasión… Asomarme al alféizar de la ventana y sentir los golpes de la lluvia repicando para que les abra la puerta de mi mente… Oler con delicadeza la tierra húmeda que siempre retrotrae a la esencia más íntima. Todas esas sensaciones percibo cuando la tormenta llega, cuando su fuerza arrastra el cielo gris plomizo y descarga su musical letanía. 
Cuando el cielo se empieza a cargar de electricidad y las nubes anuncian lluvia es el momento de asomarse a la ventana.
Poco después empezará a llover, el agua empezará a golpear con fuerza en la ventana y la visibilidad se reducirá, pero no puedes alejar la visión.
Finalmente, el sol intentará hacerse fuerte. Antes, firmará las paces con las nubes sellándolo con un arco iris mágico.
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