Volver a Castilla

Cada cierto tiempo es recomendable sentir el abrazo del origen. Percibir la sensación de la tierra que nunca te acogerá como a un desconocido. La que te abre los brazos de manera sincera, sin reclamar explicaciones. Sentir que cada rincón te es familiar, amable e infinito.
Es lo que me pasa cada vez que atravieso el páramo castellano. Tierra dura para vivir, recia, seria y noble. Cada kilómetro recorrido por la meseta es un momento para sentir la grandeza de quienes tuvieron la suerte de pasear por estos lugares antes que uno mismo.
Disfruto viendo el lento transcurrir de las huellas que nos ha ido dejando el pasado. Retazos que forjan la leyenda de gentes abiertas. Campos de batalla en los que aún resuenan los ecos de la pelea… ahora la paz, la quietud y el enigma del silencio marcan la pauta.
Me emociono cada vez que cruzo el Duero. Río literario, desconocido para muchos, despreciado por otros, amado por muchos más. A él vierten las lágrimas las gentes de la meseta para fraguar una historia común.
El mimo de la tierra consuela, elimina penas y genera ilusión. Volver a Castilla es volver al inicio. A los campos unamunianos, a los pueblos barojianos, al terruño de Delibes… a la esencia de la naturalidad.
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